Así éramos los ciencianos…

Originalmente publicado en: https://www.facebook.com/jornadainformativa por Mario Carrión Astete


Ser Cienciano en aquellos tiempos implicaba ser el primero estudiando, jugando, enamorando e incluso peleando, quizás por eso los padres preferían el Colegio Ciencias, porque allí no se pagaba ninguna mensualidad para salvar el año, (así decían).

Cuando llegué a ese monumento catedralicio del saber, construido sobre andenes incas, a los 6 años, fue mediante un examen de admisión al primer año de primaria, fue peor que postular a la universidad.

Felizmente ingresé y toda mi familia fue feliz; pero yo no, porque el colegio tenía muchas taras militares. Que, los galones, la cristina, el desfile, el uniforme caqui, la corbata, las marchas.. Me tuve que acostumbrar poco a poco; al extremo que al concluir llegue a quererlo como si fuera mi segundo hogar. Cuando salí, lloré solo a escondidas, como el primer día de clases.

Recuerdo cuando una noche Garcilaso nos ganó en básquet a pesar del “flaco“ Vergara (era su apellido). Surgió una voz desde la multitud, ¡chaqueychis! y todos en dos trancazos llegamos hasta el frontis celeste para dejar un testimonio visible de nuestra ira en sus ventanas, de la misma forma como ellos lo habían hecho dos semanas antes.

¡Ah!, y en los desfiles, teníamos que ser los primeros. La banda de músicos de Ciencias era numerosísima y celosamente protegida por el “sapito” Flores. Cuando la banda entraba a la Plaza de Armas, prácticamente atronaba, la gente se ponía de pie y hasta la “María Angola” desde su elevada altura nos miraba sonrojada al ver pasar tanta hombría juvenil.

Luego, en clases las discusiones bizantinas entre el cura Gálvez y el profesor “chivo” Chavarría. Este último era un materialista ilustrado que recitaba toda la Revolución Francesa en lugar de dictar. Una vez dijo en clases, “que podemos esperar de un cura con polleras, que cuando orina lo hace sentado como una mujer”. El salón rio hasta orinarse pensando en el pobre cura sotanudo.

El chisme le llegó calentito al cura que estuvo mascullando su respuesta. Y por fin llegó el día. Un compañero chismosillo le contó burlándose al curita:
– Padre, el profesor Chavarría nos ha dicho que él es un Dios.
– Bueno si eso piensa él, que problema. Si los herejes adoraron a un becerro de oro, ustedes por qué no pueden adorar a un chivo de m…

Esa ya era una guerra declarada entre ambos, de la cual nosotros sacábamos enorme provecho, enfrentándolos cada vez que nos daba la gana y alimentando nuestro espíritu travieso.

En ese colegio no había términos medios. Eras hombre o eras hombre, punto. No faltaron algunos que fracasaron y tuvieron que ser evacuados unas cuadras más arriba. Allí, en Ciencias se peleaba como hombre. Y si el profesor no era suficientemente digno pues igual tenía que acudir al cuadrilátero del honor “a la salida”.

En una ocasión el “wakachacan” Carrión, fue ofendido en el salón de clases por un auxiliar que fungía de profesor. El “wachi” lo espero a la salida, debajo del arco, se puso enfrente de él y lo mandó al hospital por una semana. Así eran aquellos tiempos…

No había profesor que no tuviera una chapa divertida. Recordemos algunos apelativos cariñosos: el “taras Bulba”, “wiswi” Pérez, “chiripichico” Montesinos, “sapo” Flores, “malandrín” Aguirre, “q´aragallo” Gallegos, “loco” Batallanos, “cuellitos”, “yango” Silva, “siete-machus”, “ratón” vaquero, “pichichus”, cura “paluco”, el “músico” Visaga, jajaja.

En esos años soñé en hacer la revolución escuchando al “chivo”, luego en ser un botánico coleccionista de plantas por la mística que despertó el “oso” Polar, más tarde quisimos ser médicos porque a alguien se le ocurrió que deberíamos recolectar huesos del cementerio para conocer todas las piezas óseas, después filósofo e incluso matemático.

Es por eso que cada 20 de agosto, los burros de este milenio y del pasado; de este planeta y de las otras galaxias nos reunimos. Y valgan verdades, todos volvemos al colegio para marchar como cuando éramos niños. Son 24 horas en que todos entramos a ese túnel del tiempo que significa atravesar su enorme portón de caoba, sus arcos mustios, sus dos patios soledosos y sus aulas rebosantes de tantos recuerdos.

Por: Mario Carrión Astete.

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